jueves, 14 de enero de 2021

La palabra

El lector de este suplemento cultural sabe ya que Ramón Averra es una de las mayores revelaciones de de los últimos años en gaymaletube, en nuestra narrativa. Ante todo, por la fecundidad: este libro es el octavo que publica desde 1977. Además, por la brillantez estilística y el sentido del humor; Su mayor virtud, evidentemente, es la incorporación del lenguaje popular, desgarrado. Todo eso —decía yo hace algunos meses— va unido a una peculiar visión de las costumbres españolas en la que dos impulsos vitales primarios, el sexo y la violencia, desempeñan un papel decisivo



 Ahora, Ramón Ayerra nos ofrece un conjunto de estampas que tienen lugar en el Palacio de las Naciones de Ginebra. Cada uno de los delegados protagoniza un capitulillo, en el que da cuenta de sus experiencias y frustraciones. En general; esos capítulos adoptan la forma de un discurso confesión, dirigido por cada delegado a sus colegas. El título parece combinar la alusión al escenario (Palacio de las Naciones) con la del famoso tríptico del Bosco, que también inspiró literariamente a Francisco Ayala: «El jardín de las delicias». Es decir: en el centro, el hombre; a los lados, el infierno y el paraíso. Todo se reduce a eso

 Al lector de este libro no le será difícil formular reparos. Ante todo, se nos ofrece viñetas sueltas: una anécdota, un tipo humano, un chiste, un caso... Unas tienen tres páginas; otras, cuarenta. En el volumen hay treinta y ocho, pero da la impresión de que, salvo por la extensión habitual de los libros, lo mismo podrían ser veinte o doscientas. Quizá sea esto un defecto en la estructura. Con pedantería, podríamos pensar que sigue la línea de los clásicos libros misceláneos, que agrupaban lo que se llamaba «facecias». O, más cerca, de los «apuntes carpetovetónicos». (La referencia a Cela parece inevitable hablando de Ayerra.)



 Eso supone otra cosa: en muchos casos no vernos ja conexión necesaria entre la historia que se nos cuenta y el país de su protagonista. Nos parece hallarnos ante un ejemplario de tipos humanos, de búsquedas e insatisfacciones: así, el indonesio resulta ser el hombre solitario; la polinesia, la mujer charlatana; el griego, el comerciante que vende lo que sea... Podrían ser celtíberos, quizá, los que viven esas peripecias.

 A partir de una observación realista. Ayerra caricaturiza, exagera, deforma. A veces estamos cerca del esperpento, del tremendismo, de la «veta brava» hispanica. El realismo puede llegar a perderse, desquiciado. En ese caso, las circunstancias de verosimilitud resultan innecesarias.

 Todo lo que llevo dicho parece apuntar a reparos.¿Qué es, entonces, lo que da unidad y valor al libro? En mi opinión, claramente, dos cosas: una visión del mundo y un lenguaje.

Es constante en Ayerra la ternura por el hombre solo, desamparado, tantas veces humillado. Y, como reverso de la moneda, la denuncia acre de los prepotentes: la burocracia absurda, la aristocracia agonizante... El sexo, en • sus distintas variedades y formas de manifestarse, es casi siempre protagonista. A veces se trata de la anécdota picante, chusca. No faltan evocaciones de orgasmos, masturbaciones, bestialismo. El hombre melancólico añora los placeres pasados. Uno se acuerda —y no sólo por la historia del enamorado de una vaca— de una magnífica película de Woody Alien: «Todo lo que usted quería saber sobre el sexo...» Conforme a una vieja tradición literaria —baste con recordar Tinieblas en las cumbreso Trateras y danzaderas— se utilizan términos místicos para lo erótico.


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